dimecres, 30 de setembre del 2015

EL PEQUEÑO VIAJE

Érase una vez, en un hermoso jardín, vivían una “Taraxacum Officiale”, comúnmente conocida por todos como diente de león, y sus hijos, pero solo uno de ellos, el más ínfimo, llamado Odiseo, es la estrella de este cuento.


Era un día magnífico de primavera, cuando de repente llegó una brisa suave pero a la vez potente que hizo que todos los hijos de la “Taraxacum Officiale” volaran hacia el cielo azul, excepto uno, Odiseo, que con un esfuerzo y una mueca en su rostro se agarraba con todas sus fuerzas y con uñas y dientes, al tallo de su madre pidiendo a gritos que no se quería separar de ella. Pero el destino era inexorable, y aunque no quisiera alejarse de su madre, al final el viento lo venció y él, rendido, acabó volando por el cielo azul junto con sus hermanos pero no sin antes emitir un último agónico y feroz rugido de despedida.


Odiseo flotaba por el cielo turquesa hacia un lugar remoto cuando repentinamente colisionó con un colibrí y el pequeño diente de león se agarró tan fuerte al plumaje del pájaro que ni el mismísimo Zeus no lo podría separar ya que el pájaro se dirigía en dirección contraria, hacia su patria.


Pero cuando faltaba media legua, súbitamente apareció un aguilucho famélico. Las dos aves echaron una carrera para ver quién vencía a quién; sus vidas estaban en juego, no podía ser de otra forma. Dibujaron muchas cabriolas en el cielo y finalmente, cuando el aguilucho los estaba a punto de inmovilizar, apareció inesperadamente una nube de vapor abrasadora que salteó en unos instantes a los dos pájaros.


Milagrosamente, Odiseo se soltó del colibrí y salió sano y salvo, aunque muy afligido. A partir de ese momento parecía que  los vientos tuvieran lástima del pequeño y le condujeron suavemente de vuelta hacia su hogar.

Cuando por fin llegó, descendió hacia el suelo húmedo del jardín con una majestuosidad divina. Al cabo de unas horas, el pequeño Odiseo arraigó al lado de su querida madre, satisfecho de crecer en el lugar más virtuoso de todo el mundo, y sabiendo que el viento no podría volver, nunca jamás, a alejarlo de su madre.